Monday, December 12, 2005

FICCIONES GLOBALES

En los últimos años ha aparecido en la literatura escrita en inglés un tipo de narrativa que podría llamarse “ficción global”. En las novelas de este tipo, los personajes son seres itinerantes que deambulan por un mundo global, post-geográfico, dominado por el impacto de las nuevas tecnologías. En este nuevo, confuso paisaje, los hombres tratan en vano de orientarse, de encontrar un ancla para su identidad. Si hay un intento exhaustivo por describir los colores, sonidos y olores de la sociedad de la información actual, por saturar al lector con los logotipos y las marcas registradas de la era contemporánea, el objetivo no es frívolo; más bien, todo ello está puesto al servicio de un tema de vieja data para el género novelístico: la preocupación moral por el destino del sujeto en un tiempo y lugar esforzados en extraviarlo. Sus autores más conocidos son el canadiense William Gibson, padre del cyberpunk, y los ingleses Hari Kunzru y David Mitchell.
En Pattern Recognition (2003) –publicada en español por Minotauro con el título Mundo espejo (2004)--, novela de Gibson que no pertenece al género cyberpunk, la heroína, Cayce Pollard, es una “coolhunter”, una cazadora de aquello que se lleva en la calle y que, con un buen trabajo publicitario, puede convertirse en una moda global. Cuando aparece en el internet una serie de videos extraños que adquieren un aura especial –llamados, simplemente, “the footage”--, a Cayce se le encomienda encontrar al autor. Sus viajes la llevan a Tokio, Londres y Moscú. En el trayecto, Gibson presenta al planeta como una verdadera “aldea global” en la que la sociedad de consumo es manipulada por una serie de individuos capaces de reconocer en el aire la estructura del porvenir. La metáfora perfecta para captar la crisis del hombre contemporáneo es la que Cayce bautiza como “soul delay”: con tanto desplazamiento, tanto caos y desorientación, el alma tarda un buen tiempo en reencontrarse con el cuerpo. Vivimos en una suerte de “jet-lag” epistemológico.
Transmission (2004), la segunda novela de Hari Kunzru –publicada en español por Alfaguara con el título Leila.exe (2005)--, es también un intento de mapear el lugar del sujeto en un territorio dominado por las nuevas tecnologías, la cultura popular y las marcas registradas. Arjun Mehta es un personaje representativo de tantos hindúes que, gracias a su dominio de la programación de computadoras, son atraídos por Silicon Valley. Arjun trabaja en una compañía antivirus hasta que, como tanto otros, pierde su empleo. Su venganza: crear un virus poderoso y enviarlo por internet. El caos producido por el virus –cuyo nombre homenajea a una famosa actriz de Bollywood— nos muestra la precariedad de la economía global, tan interconectada que es muy fácil atacarla. Kunzru no nos muestra nada nuevo al trabajar el tema de la deshumanización de las grandes corporaciones. Pero, como Gibson, al revelar cómo funcionan las marcas en nuestro inconsciente, es capaz de hacernos ver de mejor manera cómo funciona la sociedad de consumo: “una marca debería hacerte sentir bien, porque si sabe qué te hace sentirte bien entonces puede posicionarse correctamente y ayudarte a elegir. Y si una vez que has elegido la marca te protegee como un padre cariñoso… entonces tú te sientes bien por la decisión tomada y la marca aprende de tus buenos sentimientos”. El sujeto, en la novela de Kunzru, es un objeto incapaz de “posicionarse” de manera correcta en la economía global; su impotencia lo lleva a tratar de ajustar cuentas con ésta.
Pese a sus temas tan actuales, las novelas de Gibson y Kunzru poseen una estructura convencional. Cloud Atlas (2004), la nueva novela de David Mitchell, es la más ambiciosa y la de estructura menos convencional de las tres. Mitchell es, como Kunzru, uno de los veinte mejores escritores ingleses menores de cuarenta años elegidos por la prestigiosa revista Granta; es también, con apenas tres novelas publicadas, dos veces finalista del premio Booker. Cloud Atlas debió haber ganado el Booker este año. No lo hizo, pero no importa. Cuando se haga en el futuro el recuento de las novelas importantes publicadas a principios de este siglo, Cloud Atlas será número puesto.
Desde su primera libro, Ghostwritten (2000), que Mitchell viene intentando armar una novela a partir del relato de varias tramas inconexas entre sí, apenas tocadas por símbolos y descripciones tan sutiles que más parecen un guiño juguetón del autor pero que cumplen una función trascendental. A diferencia, digamos, de autores clásicos como Faulkner y el primer Vargas Llosa, que comenzaban la novela con varias tramas separadas, para luego irlas entrelazando entre sí de modo que todo estuviera perfectamente imbricado, Mitchell parecería que está escribiendo seis novelas diferentes al mismo tiempo; en sus palabras, “un sexteto para solistas que se van superoniendo entre sí”. Sus tramas se hallan separadas en el tiempo y la geografía: un misionero norteamericano en las islas Marshall, hacia 1839; un compositor de música en Austria allá por 1931, una periodista norteamericana en la California de los años 70; un editor de libros en la Inglaterra de hoy; y para terminar, dos relatos que son verdaderos tour de force: uno situado en una Corea futurista dominada por la alta tecnología y un capitalismo rampante de marcas globales que se entrometen en el mismo lenguaje, y otro en un Hawaii post-apocalíptico, donde los hombres se hallan en un primitivo estado de guerra hobbesiano después de la disolución de los Estados-nación.
En Cloud Atlas, los personajes no se hallan interconectados por la economía o cultura global, sino por hilos menos concretos, invisibles pero no por ello menos importantes. Una marca de nacimiento en la piel, que va reapareciendo en diversos personajes en épocas diversas, puede insinuar una sofisticada teoría acerca de la transmigración de las almas, o algo más prosaico como el hecho de que nada más por haber pasado por el mundo, en cualquier época y en cualquier lugar, los hombres se hallan hermanados entre sí, comparten la fascinación, la ansiedad y el miedo de vivir. En ambos casos, el resultado es el mismo. El compositor Robert Frobisher descubre de casualidad, mientras visita la casa de un músico que admira en Zedelghem, la primera parte del diario escrito por Adam Ewing en los días de su visita a las islas Marshall, comienza a leer y de pronto ocurre la maravilla: Frobisher se encuentra vinculado a Ewing, las islas Marshall a Zedelghem.
Como dice el editor Timothy Cavendish en Cloud Atlas: “¿Qué no daría ahora por un mapa jamás cambiante de lo inefable siempre constante? Poseer, digamos, un atlas de nubes”. Estas líneas se pueden leer como una declaración de principios: la novela como género debería ser una suerte de atlas de nubes, un mapa capaz de capturar lo inefable de la condición humana, aquello que permanece y dura aunque vayan cambiando los paisajes a nuestro alrededor. En manos de David Mitchell, la novela ya lo es.

6 Comments:

At 8:25 AM , Blogger Daniel Salvo said...

Que fascinante el comentario sobre Mundo espejo. En Perú, se anuncia que el Grupo Planeta (que incluye a la editorial Minotauro) está por instalarse en este diciembre, de modo que hay esperanzas de conseguir la novela.
Sobre el jet lag permanente, el escritor peruano Hector Velarde tocó el tema hace tiempo, aunque desde un punto de vista humorístico. El cuento se titulaba "La guayabera de Patuto", siendo el tal patuto un viajero que decía haber descubierto la fórmula para no envejecer: viajar en avión de manera constante. Como los aviones viajan a la velocidad del sonido, el alma tarda en volver a reencontrarse con el cuerpo, retardando asi el envejecimiento.

 
At 11:31 AM , Blogger Ganjartek said...

Envien algo por La Paz, que andamos pobres de libros de este genero

 
At 7:39 AM , Blogger Miguel Lundin Peredo said...

He leido Leila.exe y me parece una interesante historia que retrata el mundo de los ilegales creadores de virus informaticos atra vez de la vida del protagonista, obsesionado con una actriz de Bolywood que da nombre a su virus informatico.
La pregunta que deja la obra es que sucederia si todo el argumento de la historia adquiriera rostros latinoamericanos?. Se encontraria alguna prueba de que hace tiempo que preferimos una Coca cola en vez de una gaseosa local sin darnos cuenta que ese es un sintoma de la perdida de identidad de nuestras razas y de el ataque de la globalizacion en nuestras vidas?.
Con tantos virus informaticos que aparecen cada dia,las enfermedades organicas tienen que sufrir la desgracia ironica de ser incluidas en la categoria de dolencias obsoletas, viejos dolores de epocas antiguas donde el hombre todavia no habia aprendido a almacenar informacion dentro de una maquina, porque ahora nos preocupa mas un virus digital que un virus bacteriologico.

 
At 9:30 AM , Blogger El forastero said...

Pattern Recognition (mundo espejo) me ha parecido un fantástico libro. Gibson a su modo es un excelente cazador de tendencias pero del mundo de la tecnología y si vamos más allá incluso de la forma tecnológica de ver el mundo de hoy globalizado y sutilmente diferente. Sobre el tema de Jet Lag que Gibson viene arrastrando desde hace varios libros como uno de los temas fundamentales de la modernidad yo también me arriesgué a escribir un breve texto: http://elforastero.blogalia.com/historias/29214
en el que cruzaba a Castells con Gibson

 
At 7:52 PM , Blogger Alvaro said...

Edmundo, disculpa que utilice este medio para responder, pero no encontré otro a donde te llegue más rápido. Hoy te vi en la televisión comentando los resultados electorales y escuche atento una pregunta tuya cuando viste la votación que obtuvo el MAS en Santa Cruz, ¿Es Santa Cruz colla?, y dejame decirte, no Edmundo, Santa Cruz no es colla, pero más alla del regionalismo, Santa Cruz no está de acuerdo con Evo Morales, y eso lo puedes ver en el nivel de votos que consiguió el candidato a prefecto Rubén Costas, más del 50%, y la cantidad de diputados uninominales que sacó Podemos. Cualquiera que viva en Santa Cruz, en los barrios pobres o en los barrios ricos, sabe que en general la gente está cansada de ese "modelo bloqueador" que impone Evo Morales, que va contra la democracia y la libertad de las personas.

 
At 7:09 AM , Blogger Edmundo Paz Soldán said...

alvaro, por supuesto, mi pregunta era una provocación. Santa Cruz no es colla, muchos cruceños, cambas, votaron por Evo. Que haya sacado más del 30% en Santa Cruz me parece que es bueno para el país, porque evita regionalismos tontos y polarizaciones estrechas de miras. Con todo lo camba que es, sólo 5 de 10 personas en Santa Cruz votaron por Costas. Con todo lo bloqueador que es, 3 de 10 personas votaron por Evo en Santa Cruz. Nada mal, ¿no? Notable, incluso. Creo que eso ayudará a que Santa Cruz se dé cuenta que es nomás el resumen de la nueva Bolivia, Un abrazo.

 

Post a Comment

Subscribe to Post Comments [Atom]

<< Home