Tuesday, August 14, 2007


LOS CUENTOS “LIMPIOS Y BIEN ILUMINADOS” DE HEMINGWAY

Para un escritor, el descubrimiento de Hemigway es uno de esos hitos que marcan la vida. Cuando me tocó a mí, Las frases cortas, la engañosa sencillez de la prosa, hicieron que me dijera: “esto es fácil, esto puedo hacerlo”. Gracias a Hemingway, la literatura dejó de intimidarme. Todo era cuestión de encabalgar una palabra tras otra de la manera más lineal posible, hasta que el relato quedara narrado.
Esa sensación de facilidad tenía algo de misterioso. Para alguien que había crecido con los fuegos artificiales de Borges y Cortázar, parecía que los cuentos de Hemingway terminaban tres páginas antes de lo necesario. Uno llegaba al final de “Colinas como elefantes blancos” y se preguntaba: “¿eso es todo?” Un par de días después, la respuesta llegaba de manera imprevista: no, no lo era. Hemingway se había concentrado en contar lo que ocurría en la superficie –la famosa “punta del iceberg”— y había dejado apenas sugeridas las complejas corrientes psicológicas en las que nadaban sus personajes, de modo que descubrirlas fueran un trabajo del lector.
La reciente reedición de los Cuentos de Hemingway (Lumen: Barcelona, 2007), con una nueva e impecable traducción de Damián Alou y prólogo de García Márquez, confirma que los relatos del escritor norteamericano no han envejecido un solo día (las novelas son otra historia). Leer el libro es como encontrarse con una serie intimidatoria de grandes éxitos: “Los asesinos”, “Un idilio alpino”, “Un lugar limpio y bien iluminado”, “Las nieves del Kilimanjaro”, “La breve vida feliz de Francis Macomber”… La lista podría continuar por un buen rato.
A estas alturas, ya sabemos que el siglo veinte ha dado pocas prosas más complejas que la de Hemingway. Son muchos los escritores que darían su vida por escribir una frase con esta precisión y belleza: “Primero venía la tierra cubierta de agujas de pino que cruzaba los abetos detrás de la casa, donde los troncos caídos se convertían en polvo de madera, y donde unas astillas largas de madera colgaban como jabalinas en aquel árbol alcanzado por un rayo” (“Padres e hijos”). Hemingway decía que había aprendido a escribir así en sus visitas a los museos parisinos; allí, a la hora de las descripciones, los cuadros de Monet y Cezanne le habían enseñado mucho más que sus admirados Dostoievski y Tolstoi.
Por otro lado, para quienes admiran hoy los diálogos elusivos de DeLillo, lo cierto es que Hemingway llegó primero: “Queremos dos Anís del Toro”. “¿Con agua?” “¿Lo quieres con agua?” “No lo sé. ¿Con agua es bueno?” “No está mal”. “¿Los quieren con agua?” “Sí, con agua”. “Sabe a regaliz”. “Es lo que pasa con todo”. “Sí. Todo sabe a regaliz. Sobre todo las cosas que has querido probar durante mucho tiempo, como la absenta”. “Oh, basta ya”. “Has empezado tú” (“Colinas como elefantes blancos”). Ese diálogo lacónico transmite una visión del mundo tan austera como dura, y llegó a ser muy influyente para el film noir. El Marlowe de Raymond Chandler, en las películas de Humphrey Bogart, habla como un personaje de Hemingway.
Sí, se trata de un mundo muy masculino, en el que los hombres parecen pasarla mejor con otros hombres que con las mujeres, y se aprenden cosas prácticas de caza y pezca (cómo cortar una trucha, por ejemplo), y como dar fin con una relación sentimental. Sin embargo, si bien el escritor se convirtió en el prototipo legendario del escritor “macho”, sus cuentos están llenos de personajes frágiles y traumatizados, más sensibles de lo que uno supondría al ver una foto de Hemingway en un safari. En cuentos como “El gran río Two-Hearted”, Nick Adams se convierte en el personaje central de la “generación perdida”: golpeado por la sangre y la muerte de la primera guerra mundial, Nick es, pese a su juventud, un hombre con muchísima experiencia a cuestas, tan sólo deseoso de hacerse de un hogar que lo proteja.
Un lugar común quiere que los escritores europeos sean los expertos para narrar la alienación existencial. Para mi gusto, Hemingway ha escrito el mejor cuento de alienación existencial: se llama “Un lugar limpio y bien iluminado”. Dos camareros hablan en un café. El más joven quiere que los clientes se vayan temprano, para así poder cerrar el local. El de más edad siente que la luz del café, encendida hasta muy tarde, es un faro para los desesperados, los que intentan suicidarse y no tienen un lugar en el mundo. El camarero de más edad no sólo quiere ayudar a los demás; la angustia espiritual es también suya: “¿Qué le daba miedo? No era miedo ni pavor. Era una nada que conocía demasiado bien. Todo era una nada y un hombre también era una nada”.
Los cuentos de Hemingway son un lugar limpio y bien iluminado, un faro que nos protege de la nada, al menos por un tiempo.

5 Comments:

At 12:48 AM , Anonymous Anonymous said...

Tu página es fantástica, realmente me encanto. Si quieres visitar mi pagina es muestrarios.org

Un fan de Naruto

 
At 7:29 AM , Blogger Anahí Lazzaroni said...

A mí también me encantó este post.

 
At 8:40 PM , Blogger Roberto Iza Valdés said...

Recuerdos

 
At 9:41 AM , Blogger Luis Eduardo said...

Gracias Edmundo. Compré los 49 cuentos de Hemingway en una viejísima edición de Oveja Negra, pero como ha venido sucediendo con casi todos mis libros, se estaba llenando de polvo. Gracias a tus comentarios, voy a animarme a desempolvar esas páginas. Por cierto, leer blogs como el tuyo o el de Iván, es mucho mejor que un taller de narrativa. Gracias también por el cuento "Dochera", marcó una de mis tantas reconciliaciones con la literatura allá por el año 2000.

 
At 2:16 PM , Anonymous Anonymous said...

Dicen que Hemingway escribía de pie. No sé si es cierto, pero creo que todos deberíamos leerle de rodillas.

 

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