Tuesday, April 01, 2008


CRÓNICA DE UN VIAJE A PRAGA (I)

Hace una década y media, cuando aún no existía el euro y viajar por tren a través de Europa era una suerte de ritual de paso de los estudiantes en las universidades norteamericanas, me compré un Eurailpass y emprendí un vaje de dos meses que partía en Amsterdam y terminaba en Londres. Con el tiempo, las ciudades europeas y las experiencias de esos días —la Expo de Sevilla, las Olimpiadas de Barcelona— fueron fundiéndose y entremezclándose; sin embargo, hubo una ciudad que mantuvo su originalidad: Praga. Había algo de cuento de hadas sombrío en esa ciudad con el Castillo presidencial de Hradcany recortado en el fondo del paisaje y las casas de fachadas heráldicas con torres apuntando al cielo.

Fue por eso que decidí volver a Praga. Se trataba de viajar al pasado con la esperanza de que éste permaneciera intacto, aunque acompañado por la sensación inevitable e inquietante de que, al formar parte de la Comunidad Europea, la capital de la República Checa habría, sin duda, perdido buena parte de su originalidad. ¿Qué quedaría de la Praga espectral que el gran Franz Kafka consideraba su “prisión”, y de aquella en que Gustav Meyrink había ambientado el Golem, ese ser que “a veces vaga por las calles para difundir el horror entre los hombres”?

Praga se ha modernizado, pero no lo suficiente para perder su romanticismo. La ciudad a orillas del río Moldova tiene puentes nuevos que lo cruzan, aunque ha dejado sin tocar, a manera de reclamo turístico, el puente de piedra de San Carlos, donde uno puede encontrar a vendedores de cuadros típicos de Praga, reproducciones de Mucha –ese gran artista del art nouveau—y baratijas; los turistas se agolpan frente a los retratistas que ofrecen dibujar tu retrato por unas cuantas coronas. En diciembre, en las casetas de la plaza principal, y en las que se hallan en torno a las calles peatonales de Mala Strana, los vendedores ofrecen nacimientos navideños, collares y aretes y pulseras con cristal de Bohemia, matrioshkas rusas, títeres y marionetas por doquier, y también se hallan los puestos de comida checa, que no se distingue mucho por su originalidad pues se trata de una mezcla de las cocinas de países aledaños: aquí son especialidades locales la salchicha alemana con chucrut y el goulash húngaro. Comida contundente, muy grasosa, con poca sofisticación. Lo único verdaderamente checo es el pato al horno.

Todavía no ha llegado Starbucks a Praga, pero sí varias cadenas de cafés italianos (Lavazza, Illy). En cuanto a comida rápida, los checos parecen tener una predilección por Kentucky Chicken (está por todas partes, y siempre anda lleno). Abundan las casas de cambio y los bares irlandeses, que ofrecen sin descanso partidos de fútbol de todas las ligas (y en los que hay cerveza de todas partes del mundo y posters con conocidas beldades checas: Petra Nemcova, Eva Herzigova).

3 Comments:

At 12:54 PM , Blogger paupablo said...

Me han entrado muchas ganas de visitar la ciudad con tu texto, espero que haya vuelos baratos desde Barcelona...

Un saludo

 
At 3:51 PM , Blogger Edmundo Paz Soldán said...

desde barcelona debe ser muy fácil viajar a praga...

 
At 10:40 PM , Blogger Manzanilla y Sal said...

Estuve en Praga hace muy poco (principios de marzo). Lo que noté fue que, a diferencia de Budapest, la presencia de turistas se nota muchísimo más.

Si bien no hay Starbucks aún, sí que hay la cadena de cafeterías centro europea (de orígen polaco) que la copia muy bien: Coffeeheaven.

¿Fue al museo de Kafka?

 

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